Un lago turco se traga los sueños de los migrantes

Decenas de lápidas grises en las que se ha garabateado un número de identificación. Es todo lo que queda de migrantes cuya embarcación se hundió a finales de junio en el lago de Van, al este de Turquía.

El mayor lago de Turquía, una impresionante inmensidad de agua, se ha convertido en los últimos meses en una trampa mortal para los migrantes que intentan llegar a Europa.

Dos naufragios ocurridos en un intervalo de seis meses mostraron lo peligrosa que resulta esta ruta que toman los migrantes para evitar los retenes de control en la región kurda de Van.

Mehdi Mosin, un joven de 17 años oriundo de Jarian, al noreste de Pakistán, fue uno de los 60 migrantes que fallecieron en el barco de pesca que se hundió a finales de junio.

Su cuerpo, que quedó atrapado en el casco del barco, fue recibido por su familia el mes pasado. Sus padres siguen hundidos por lo sucedido.

«Por la noche mi esposa grita, me pide que abra la puerta, piensa que nuestro hijo va a volver», explica el padre, Shafqat Mosin, en una entrevista telefónica.

El hombre asegura que quiso disuadir a su hijo, que soñaba con «un mejor futuro», antes de ceder después de varias disputas. «Si hubiera sabido que era tan peligroso jamás le habría dejado ir», solloza.

Turquía, transformada en una especie de vía rápida hacia Europa durante la crisis migratoria de 2015, se convirtió en los últimos años en un país cada vez más difícil para los migrantes.

Las primeras restricciones llegaron en 2016, tras la firma de un acuerdo migratorio entre Ankara y Bruselas, pero las medidas se reforzaron a partir de 2018 con el telón de fondo la crisis económica.

– Tumbas listas –

En Van, provincia fronteriza con Irán, donde cada año llegan miles de afganos, iraníes y paquistaníes, cerca de 80 migrantes murieron desde principios de año, según la prensa, frente a 59 en 2019.

Antes de llegar al lago, deben franquear las peligrosas montañas fronterizas. Y cada año, con los deshielos, los lugareños descubren cuerpos congelados.

En Van se prepararon dos cementerios para recibir los cuerpos de los migrantes muertos que no pueden ser identificados y tumbas vacías esperan para recibir a las próximas víctimas.

Cuando hace bueno, el lago parece inofensivo. Los veraneantes lo recorren, en pie sobre su paddle, las familias meriendan en mesas de madera. Pero sus caprichosas aguas pueden transformarse bruscamente.

Muhammad, un paquistaní de 25 años, consiguió llegar a Estambul tras realizar una travesía en marzo. Aún recuerda el trayecto de dos horas, de noche, en una embarcación sacudida por las olas.

«Había unas 50 personas a bordo, entre ellas mujeres y niños, y solo cinco chalecos salvavidas», dijo. «Me preguntaba cómo íbamos a salir de aquella si el barco se hundía».

Tres meses antes, otra embarcación se había hundido y siete personas murieron ahogadas.

Tras el naufragio del 27 de junio, las autoridades detuvieron a varias personas que organizaban estos peligrosos viajes y las travesías por el lago prácticamente cesaron, según los lugareños.

– «Sin opción» –

Sin la posibilidad de tomar un barco, los migrantes se ven obligados a caminar hacia el oeste durante días, intentando evitar los retenes.

En la estación de autobuses de Tatvan, al otro lado del lago, una veintena de hombres están sentados en el suelo, exhaustos. Algunos se han quitado los zapatos para calmar sus pies.

En este lugar los controles no abundan y algunos buscan un taxi para acercarse a Estambul.

El viaje ha sido «peligroso», admite Mahmud, un kurdo de Irak con profundas ojeras. «Tengo hambre, tengo frío, pero no tengo opción», agrega.

Según Mahmut Kaçan, abogado experto en cuestiones migratorias en Van, la explosión del número de migrantes muertos coincide con el cierre de la antena local del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) en 2018.

Las solicitudes de asilo, ahora tratadas por Ankara, se eternizan, «creando un clima de incertidumbre» para los migrantes, que «corren más riesgos», explica.

Frente a todos estos peligros, muchos tiran la toalla.

Abbas Khasimi, un afgano que llegó a Van el año pasado, pagó a un hombre para que le llevara a Grecia.

«Pero decidí quedarme pensando en la vida de mi esposa y mi hija porque el viaje era demasiado peligroso», dice.

Su última esperanza es la solicitud para obtener el estatus de refugiado y poder llegar así a Europa.

«Nuestra hija tiene que tener un futuro», dice Khasimi. «Para mi esposa y para mí es demasiado tarde, pero no debe serlo para ella».

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Fuente: ARGENTINA | https://www.infobae.com
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